La comedia de enredos juveniles Glee es una de las más populares en los Estados Unidos. 11 millones de televidentes cada semana y uno de los mejores promedios en cuanto a público juvenil, lo cual significa muchos millones de dólares en publicidad. Las canciones que son el hilo conductor de cada capítulo se disparan cada semana en el ranking de ventas de itunes y han superado el récord de los Beatles en el número de ingresos al Hot 100 de la revista Billboard. Todo un fenómeno cultural de estos tiempos. Ganadora del Globo de Oro, Glee ha lanzado al estrellato a sus jóvenes (y a las no tan jóvenes también) figuras. Además le ha dedicado un capítulo a Madonna, otro inspirado en las canciones de Lady Gaga y recientemente Britney Spears apareció en un capítulo sobre ella misma. Pero eso no es todo y esto puede sonar a sacrilegio para algunos, pero Dios también se ha ganado el derecho de aparecer en Glee, la serie de moda.
Paisajes. Al entrar en la sala uno se encuentra rodeado de paisajes, paisajes pintados, de tamaños distintos, de lugares distintos, con colores distintos. Paisajes. Paisajes de este mundo y que parecen de algún otro. Paisajes que han sido descritos en algún libro o que parecen seguir los trazos de alguna foto. Paisajes. Paisajes reales o inventados. Paisajes que conocemos y que nunca hemos visto. Paisajes. Solo paisajes. Y sin embargo ellos nos hablan también de la gente, de personas, de esas personas que están ausentes de los cuadros (salvo una excepción), pero que están detrás de ellos o delante de ellos admirándolos. Paisajes. Paisajes de colores vivos, casi tan vivos que ejercen violencia al mirarlos. Y otros de colores suaves, tenues, que más bien te arrullan. Paisajes. Sí, son paisajes que hablan de una tierra, o de muchas, de un hombre, o de muchos. Y quizás también nos hablan de Dios, de uno solo o de muchos.
José Francisco Navarro es pintor. Y es jesuita. Es jesuita y es pintor. Y es profesor también. Y es doctor, sí, doctor en literatura. Y es pintor y es jesuita y es profesor y es doctor. No es la primera vez que sus cuadros se exponen, pero es la primera vez en el Perú que él es el único pintor de la muestra. Y su muestra se llama “Viaje por las tierras de Arguedas, Rulfo y Guimarães Rosa”. Y en la muestra no solo hay paisajes, también hay textos, la literatura que habla, que habla a través de los colores, de las pinturas, de los paisajes. Porque son paisajes y es literatura. “Esta exposición concluye una etapa importante en mi vida y me abre a nuevas dimensiones, pintar estos cuadros me abre a nuevas ideas, a nuevos proyectos”, dice el autor mientras vuelve a mirar esos cuadros que pintó, que fueron tan suyos y que ahora son tan nuestros.
“Pintar estos cuadros ha significado dejar de lado muchas cosas, todo lo aprendido. Fue simplemente comenzar a pintar, sin saber bien qué iba a salir de todo eso. Y aquí está el resultado. Un compañero jesuita me decía que estas pinturas le hablaban de mi propio camino, de mi travesía personal, espiritual. Y es cierto”. Navarro, como firma sus cuadros, ha hecho un recorrido por las obras de estos autores latinoamericanos. Y ha hecho un recorrido por las tierras de estos autores: el Perú profundo de Arguedas, el páramo de Rulfo y el sertón de Guimarães Rosa. Y ha hecho un recorrido personal, espiritual, que lo ha llevado a esta muestra en la galería “Pancho Fierro” en el corazón de Lima.
Paisajes. La tierra en tensión. Y el cielo enfurecido. Y el sol ardiente. El campo verde. El monte imponente. El río de la muerte. Y las casas al borde del abismo. Y un hombrecito tratando de mantener el equilibrio, diminuto frente a la inmensidad del paisaje. Paisajes de vida, paisajes de muerte. Paisajes que se abren a lo que viene, paisajes que muestran caminos, caminos abiertos, caminos sin terminar, caminos por recorrer. Solo queda el hombre. Travesía. José Francisco Navarro ha hecho su propia travesía, personal, única. Y eso muestra en esta exposición, que se convierte así en una invitación a hacer su propia travesía, a dejarse cautivar por estos paisajes, estos paisajes que quizás no conocemos, pero que nos invitan a pintar nuestros propios paisajes, a darles nuestros propios colores, a ponernos en marcha. A viajar no solo por las tierras de Arguedas, Rulfo y Guimarães Rosa, sino a iniciar la travesía por nuestras propias tierras.
Víctor Hugo Miranda, S.J. Hace una licenciatura en Teología, en Boston College.
Desde que iTunes se ha convertido en el lugar de referencia para descargar música desde tu propia computadora, hay un nuevo fenómeno musical que no puede ser dejado de lado: algunas canciones que causaron furor en su momento vuelven a ser escuchadas hoy en día por las generaciones más jóvenes. Un ejemplo de ello es la canción “Like a Prayer” interpretada originalmente por Madonna y que hace 21 años fue número uno en las listas de popularidad del mundo entero. Pues esta misma canción vuelve a estar en los primeros lugares de éxito estos días, pero no se trata de la misma versión de Madonna, sino la del elenco de la serie Glee, que se escucha en los iPods de los adolescentes de hoy, aquellos que siguen la serie y que seguramente nunca antes escucharon hablar de Madonna.
Algo que también llama la atención es encontrar una canción que lleve en el título la palabra “Prayer” (Plegaria). Aunque entonces se armó todo un escándalo por el video en el que Madonna aparecía besando a un santo moreno (opacando la calidad de uno de sus mejores discos), nadie se extrañaba que una canción hiciera alusión a un tema religioso. Sin embargo veinte años después eso es poco probable. Los adolescentes de hoy no sólo no saben quién es Madonna, sino que tampoco escuchan hablar de Dios ni de la religión y menos a través de la música que llega a sus oídos. Pero nuestros amigos de Glee han hecho esto posible, que una canción de amor que utiliza la metáfora de la plegaria y que habla del canto de los ángeles y del cielo en su letra, sea escuchada por las nuevas generaciones.>>>
La versión Glee de Like a Prayer con elementos religiosos como el vitral que asemeja una iglesia y el coro gospel.
¿Pero qué es Glee? Se trata de una de las series más populares del momento en los Estados Unidos y en el mundo entero. Con solo una temporada en el aire (apenas 15 capítulos hasta el momento) ha acaparado premios como el Globo de Oro y le han llovido críticas positivas. ¿De qué se trata la serie? Glee es un club de canto de una escuela secundaria. Pero claro no es el lugar para la gente más popular (un chico en silla de ruedas que toca la guitarra, una chica negra con una voz espectacular, un chico gay que viste siempre a la moda, una chica gótica y una aspirante a diva que cae pesada a todo el mundo), es más bien el último escalón de la vida social de esta escuela hasta que el capitán del equipo de fútbol y algunas porristas se suman al grupo. El club Glee debe participar en un concurso estatal y para ello deberá superar distintos obstáculos, siendo el principal de ellos, la directora de las porristas, principal opositora del proyecto. En fin, toda una serie de enredos y de divertidos diálogos en el pequeño mundo de esta escuela y los avatares del club Glee.
Hasta allí no hay una gran diferencia con otras series de televisión de mayor o menor impacto. Pero el plato fuerte de la serie son las canciones, que se convierten en el hilo conductor de cada capítulo, en los que el profesor y los alumnos hacen distintas propuestas de canciones vinculadas a lo que van viviendo y descubriendo en sus vidas adolescentes: amor, sexo, amistad. Además las canciones pueden ser descargadas digitalmente desde que la serie está al aire, logrando un éxito sin precedentes, como sucedió en la primera emisión con la canción “Don’t stop believin” de Journey, gran éxito de 1981 que en su nueva versión de Glee ha llegado al número 4 del Billboard (el original sólo alcanzó la posición 9) y ha vendido más de medio millón de copias. En plena era digital las canciones del club Glee son de lo más populares, convirtiendo hits de otras épocas en verdaderas canciones de culto para los jóvenes de hoy.
Don’t stop believin’ se ha convertido en un himno de los jóvenes, un himno de esperanza.
Lo mismo está ocurriendo con “Like a Prayer”. El capítulo 15 tuvo como título “El Poder de Madonna”. Tanto el profesor que dirige el club Glee como la profesora que dirige a las porristas retaron a sus alumnos a inspirarse en Madonna, en su música, en su manera de vestir, en su actitud, para preparar sus números musicales. Es así como el elenco de Glee revisitó clásicos como “Borderline”, “Like a Virgin”, “Open your Heart”, “Express Yourself” o “Vogue”, que causaron sensación en los años 80 y 90, así como el más reciente “4 minutes”. Pero es la versión de “Like a Prayer” la que ha vuelto locos a los fans de la serie que no dejan de descargar esta canción ni de ver su video en YouTube. Se trata del fenómeno “Glee”, una serie en la que los jóvenes encuentran en la música una manera de inspirarse en la búsqueda por el sentido de sus vidas y expresar lo que van experimentando. A ver qué más sorpresas nos trae este maridaje entre canciones del pasado y jóvenes de hoy sazonado con toques de buen humor.
Rock y Teología son dos palabras que generalmente no van juntas. Al contrario, a veces se pueden entender en contradicción o en oposición. O peor aún alguien podría decir que no tienen nada que ver la una con la otra. ¿Por qué aparecen juntas entonces en el título de este post y por qué aparecen además unidas por la conjunción “y” como si la relación entre ellas fuese de cercanía y no de distancia?. Pues un grupo de teólogos católicos de distintas universidades de los Estados Unidos ha iniciado un proyecto de reflexión sobre la relación y los vínculos que se pueden establecer entre el Rock y la Teología. ¡Vaya propósito! dirán algunos. Y no se trata de reflexionar sobre el rock cristiano como tal, sino sobre el vínculo que se puede establecer entre el rock en general, la música moderna contemporánea y la fe cristiana.
A la cabeza de este grupo se encuentra Tom Beaudoin, joven teólogo estadounidense, que ha estudiado en Harvard y ha trabajado en las prestigiosas universidades jesuitas de Boston College y Santa Clara (California) antes de recalar en Fordham (Nueva York). Beaudoin está interesado en el diálogo entre la teología y la cultura contemporánea, una de las razones que lo llevó a publicar el libro “Fe Virtual” sobre la relación entre la Fe cristiana y algunos elementos de la cultura contemporánea como los videos musicales, el Internet y la moda. Su proyecto de reflexión lo ha llevado a juntar a otras personas interesadas en el tema desde el lado de la investigación académica y de la vida de fe para dar vida al blog “Rock and Theology” en el que comparten sus reflexiones salpicadas de videos musicales. Una buena iniciativa que nos puede interesar y que nos puede ayudar a entender que estamos invitados a “encontrar a Dios en todas las cosas” y a descubrir que en las distintas manifestaciones culturales del ser humano puede haber algo que nos hable de Dios. www.rockandtheology.com
La segunda película de Claudia Llosa se acaba de presentar con gran éxito en el Festival de Cine de Berlín, la Berlinale, al ganar el Oso de Oro a la mejor película y el premio de la crítica. Enlazamos con "Cine para Leer" -la web de cine de los jesuitas españoles- para dar una mirada al comentario del crítico J.L. Sánchez Noriega, uno de los primeros acercamientos al film peruano. Ir a la crítica >>>
Hace algunas semanas se ha estrenado la última película de Sam Mendes, el mismo director de la célebre American Beauty que mostró hace una década, la cruda realidad “interna” del habitante promedio de la sociedad americana.
En Revolutionary Road (en Lima estrenada como Sólo un sueño) el “sueño americano” se escenifica como el gran engaño en el que viven las conciencias, condicionado por un sistema económico mecanicista, en el que la rutina impide toda búsqueda de horizontes que sea extranjera a ese mismo sistema. El guión está pensado para transmitirnos la frustración de los protagonistas de no llegar a realizar su “verdadero sueño”. April y Frank Wheeler (Kate Winslett y Leonardio di Caprio) son sin embargo la excepción en este mundo en el que el resto no tuvo el tiempo de escoger la vida soñada. El tiempo cumplido los llevó a vivir en la negación. Salimos de ver la película con el sentimiento de que haber sido enfrentados a una encrucijada: si no nos oponemos al sistema, en el momento menos pensado seremos engullidos por él.
A través de una puesta en escena impecable, -lo que le ha valido la nominación a la mejor dirección artística- somos llevados a sentir que los protagonistas son compelidos por algo más fuerte que ellos mismos y que los lleva a constatar que sus vidas son construidas sobre la base de una ausencia: la de sus respectivos deseos. Nunca llegan a tomar forma, sino que son manipulados por ese sistema que parece tener vida propia.
La trama puede resumirse en el desarraigo profundo que siente la joven pareja debido al monótono ritmo de una vida distanciada cada vez más del sueño inicial que los habría unido. En su lugar, viven en medio de un montaje de vida apacible, de color pastel –coadyuvado por la estética de los 50’s, que le ha valido también la nominación al mejor vestuario-, sostenida por una gran transnacional –la Knox Business Machine-. La voz de esa “conciencia subjetiva” la lidera April (Kate Winslett), quien insatisfecha con una vida de pueblo, caricaturizada desde la primera escena de la película, percibe que el problema radica en que ambos llevan una vida que ni siquiera habían imaginado llevar. Sus sueños habían terminado por ser guardados en un baúl y, lo peor, no se atrevían a abrirlo para enfrentar lo que realmente querían.
La reacción de April parece desmesurada, pero el director nos ha hecho llegar a ella con la suficiente convicción de que la propuesta de la joven esposa roza con lo descabellado, y a la vez parece abrirnos el espíritu a ese nuevo horizonte romántico que ella propone a su marido. El cambio de vida aparece así en escena y los Wheeler se ven embarcados como un par de adolescentes, a vivir “la vida loca” por unos días, ensoñados en un futuro de límites imprecisos. El desenlace puede llegar a parecernos previsible. Sin negar que Mendes encuentra el punto neurálgico del sistema de vida americano en ese síntoma esquizoide al que conduce el sistema de producción capitalista y su lógica consumista, quiero sin embargo plantear otras posibilidades de lectura.
Nadie puede ocultar que en el sistema de consumo existe de modo inherente un mecanicismo que nos puede hacer olvidar el “factor conciente” de nuestros planes de vida. En ese sentido creo que el film nos hace sentir –bajo la intención de subrayar la neurosis a que dicho sistema conduce- que el modo de vida rutinario y monótono de un empleado promedio (y aquí podemos dar el salto a otros escenarios culturales) es siempre ocasión de una frustración que no quiere (¿no puede?) verse cara a cara, pues los mecanismos de auto-negación serán siempre más poderosos que toda mirada crítica. Por aquello de sobrevivir, o de “llevar la fiesta en paz”, a fin de cuentas.
La película nos conduce así a pensar que la aparente monotonía de una vida rutinaria es malsana. Que aquello que soñamos en nuestra primera juventud, por no haberse realizado, nos hace hombres y mujeres frustrado/as. Desde esta perspectiva –me pregunto si no será acaso una versión reloaded de los “triunfadores” al más puro estilo americano?- el sueño adolescente, impreciso aunque sazonado de adrenalina, termina por situarse como un “horizonte” ejemplar. Si ese sueño no se realiza, siempre cargaremos la frustración. Y obviamente, seremos individuos manipulados por el sistema de la misma manera en que lo son las chapas de Coca-Cola, sin otro destino que encajar a la fuerza en el pico de la botella.
Me resisto a creer que miles de individuos vivan vidas mediocres por el sólo hecho de no poder haber “realizado” sus sueños adolescentes. No siempre la vida que llevamos se corresponde con nuestros sueños del pasado. Creo que parte de la responsabilidad de la existencia es poder abrirnos un horizonte de realización dentro de los mundos que hemos ido construyendo y que la mayoría de veces, toman caminos insospechados. El sueño de Frank Wheeler (di Caprio) era claramente eso, sólo un sueño.
Creo que el guión de Sam Mendes termina por ver la realidad del sistema de vida burgués de modo maniqueo. En consecuencia, la tentación a que ello conduce es la de pensar que el espacio en el que vivimos siempre será un universo de insatisfacción si nunca nos hemos confrontado con él. Obviamente ello sucede en aquellas existencias en que los individuos pueden ser capaces de elegir. Sin embargo, bien sabemos que la mayor parte de habitantes de este planeta, no tienen esa libertad de elección. Por ello Revolutionary Road plantea la neurosis que habita al sujeto de clase media de la sociedad globalizada, y no sólo el de la sociedad americana.
El escenario espiritual de esta película es el de esa “clase media” de occidente, amenazada por la tentación de una insatisfacción cuyas razones terminan por ser imprecisas. April y Frank representan ese individuo de la postmodernidad, torturado por la fantasía de una “vida mejor”, que no se da cuenta de que la vida que llevan tiene ya las condiciones para una vida feliz. No por ello dejo de preguntarme luego de ver este film ¿acaso es imposible vivir la autenticidad dentro de un sistema de vida burgués? ¿Todo aquel que vive en él está condenado a ser un autómata y a ser manipulado, sin capacidad de reacción?
Dentro de esta insatisfacción crónica, agudizada por un sistema mecanicista, algunos caen en la tentación de la acumulación para satisfacer un goce que es quizá imposible de llevar a su plenitud. En ese preciso instante, caen en los engranajes de esa “mano invisible” que termina por manipularlos y hacer de ellos autómatas sin voluntad. Otros, como April Wheeler caen víctimas de la fantasía de su imaginación que se ha quedado anclada en un “más allá” (en el pasado y en el futuro) sin poder ver su momento presente. No entienden el porqué de su desazón -tan burgués en su origen, además: no en vano los cuadros depresivos se presentan mayoritariamente en las clases medias.
Revolutionary Road nos presenta así el drama espiritual de las clases medias de nuestro siglo. Hace algunos días, alguien me preguntaba: ¿antes de que hubiese los antidepresivos, existía la depresión? No he sabido qué responder. Tengo la impresión de que no. Creo que esa insatisfacción que se vuelve neurosis es algo que en efecto, es resultado del sistema en que vivimos. Pero creo también que sucede porque el narcisismo moderno se ha colocado en el centro de las expectativas existenciales, con un marcado olvido por el otro. El horizonte del deseo termina absorbido por esas pseudo-búsquedas de paraísos artificiales y que no tienen mayor consistencia que un placer egocéntrico a la vez que efímero.
Por ello me temo que el horizonte planteado por este tipo de películas, resulte un tanto simplista, olvidando que el ser de lo humano vive y se proyecta en una dimensión social. Por último podemos preguntarnos si no es a fin de cuentas cierto que toda opción y elección de vida implica una ineludible renuncia. Es lo que la pareja de vecinos de los Wheeler -estereotipados en la película como los “autómatas” clásicos- han debido hacer. No se preguntan si hicieron bien o no en su elección; están ya en la vida asumiendo a la vez la responsabilidad de llevar adelante una familia. ¿Son frustrados porque renunciaron a sus sueños del pasado? Todo depende de la lectura de vida que uno haga a través de los años. La renuncia a los sueños del pasado sólo tiene sentido cuando observamos que vamos labrando nuestros destinos ya no sólo en función de deseos individualistas, sino descentrándonos por la convicción de la presencia de los demás como algo esencial para mi propia existencia. Leído de esta forma, me temo que Revolutionary Road (o Sólo un sueño) me deja nuevamente convencido de que el ímpetu revolucionario no tiene mayor sentido si no se desbroza la maleza de ensoñación primero para que, limpio el camino de los espejismos utópicos o ucrónicos, nos percatemos de que ningún cambio puede darse sino se agudiza la mirada enfocándola hacia un auténtico anclaje en el principio de realidad.
April Wheeler en su desesperación, escenifica la angustia del ego narcisista romántico-burgués y moderno, que no puede aceptar que la felicidad no es sólo un pathos, sino una construcción social cuyo auténtica resonancia sólo puede ser vivida a partir de la salida de sí y de los caprichos de un ego disfrazado de sueño idealista.
Juan Dejo Bendezú, S.J. (Lima). Historiador. Candidato al doctorado en Historia de la Espiritualidad en el Centro Sèvres de Paris. EstrenosJesuitasCineActualidad
La leyenda –que al parecer ella misma se encargó de hacer circular- cuenta que era descendiente directa del Inca Atahualpa y que aprendió a cantar imitando el canto de los pájaros. No por nada los franceses la conocían como le rossignol des Andes y los medios estadounidenses la denominaban the peruvian songbird. El 1° de noviembre la noticia de la muerte de Yma Sumac se propagó a través de la Internet y de inmediato uno podía encontrarse con reseñas escritas en distintas lenguas. Tanto en inglés como en francés y en castellano, los medios de comunicación resaltaban la figura de esta cantante cuya capacidad vocal llegaba hasta las cinco octavas, un registro casi nunca alcanzado en la historia de la música. Qué duda cabe, se trata de la cantante más representativa y más popular de la música peruana. Su estilo hollywoodense que la retrataba como una verdadera princesa inca y sus espectáculos que montaban escenarios e imágenes andinas con efectos modernos la convirtieron en una verdadera diva. Hasta la revista Billboard le dedicó una pequeña nota en reconocimiento de su talento y fama. A continuación, gracias a You Tube, un video que nos permite apreciar algo del arte que Yma Sumac supo pasear por el mundo entero.
El Señor de los milagros ha vuelto a las calles de Lima. En el siguiente video podemos acercarnos a la historia de esta devoción tan arraigada entre los peruanos, así como a su impacto en la obra de nuestros principales pintores:
Hay un tiempo para todo y un tiempo para cada cosa bajo el sol: Un tiempo para nacer y un tiempo para morir, un tiempo para plantar y un tiempo para arrancar lo plantado; un tiempo para matar y un tiempo para curar, un tiempo para demoler y un tiempo para edificar; un tiempo para llorar y un tiempo para reir, un tiempo para lamentarse y un tiempo para bailar; un tiempo para arrojar piedras y un tiempo para recogerlas, un tiempo para abrazarse y un tiempo para separarse; un tiempo para buscar y un tiempo para perder, un tiempo para guardar y un tiempo para tirar; un tiempo para rasgar y un tiempo para coser, un tiempo para callar y un tiempo para hablar; un tiempo para amar y un tiempo para odiar, un tiempo de guerra y un tiempo de paz.